Obsesiones

Pensamientos intrusivos: lo que tu mente dice no eres tú

Alberto Sancho · Psicólogo colegiado N-01476 · Lectura de 6 min

Estás en el andén y te viene la imagen de empujar a la persona de delante. Tienes a tu hijo en brazos junto a la ventana y tu cabeza te enseña, con todo detalle, cómo se te cae. Estás en una reunión seria y piensas en gritar una barbaridad.

Duran un segundo y te dejan mal cuerpo: "¿por qué he pensado eso? ¿Qué clase de persona soy?".

Una persona normal, con una mente normal.

Le pasa a casi todo el mundo

Cuando se pregunta a población general, sin ningún diagnóstico, la inmensa mayoría reconoce tener pensamientos de este tipo: hacer daño a alguien, saltar, decir algo obsceno, dudas absurdas sobre si ha cerrado el gas. El contenido es prácticamente el mismo que el de las personas con trastorno obsesivo.

La diferencia no está en lo que piensan. Está en lo que hacen después.

Por qué a unos se les pasa y a otros se les pega

A la mayoría el pensamiento le cruza la cabeza, le parece raro y sigue con lo suyo. A otros se les queda enganchado, y suele ser por tres razones:

  • Le dan significado. "Si lo he pensado, será que en el fondo quiero hacerlo." Pensar algo y desearlo son cosas distintas, y pensar algo no lo hace más probable.
  • Intentan no pensarlo. Haz la prueba: durante un minuto, no pienses en un oso blanco. Suprimir un pensamiento es la mejor forma de tenerlo presente.
  • Buscan certeza. Repasan, comprueban, preguntan a otros si son mala persona, buscan en internet. Alivia un rato y la duda vuelve con más hambre.

Hay además un detalle que suele tranquilizar: estos pensamientos atacan justo lo que más te importa. A quien adora a sus hijos le vienen imágenes de hacerles daño; a la persona más cuidadosa, la de haber atropellado a alguien sin darse cuenta. Te horrorizan porque van contra tus valores, no porque los revelen.

Qué hacer con ellos

Lo que propongo en consulta va en dirección contraria a lo que pide el cuerpo:

  • Ponle nombre. "Estoy teniendo el pensamiento de que…". Esa pequeña distancia cambia mucho: pasas de estar dentro del pensamiento a mirarlo.
  • No discutas con él. No necesitas demostrarte que es falso. Cada debate que ganas es una invitación a la revancha.
  • Deja que esté sin atenderlo. Como una radio encendida en otra habitación: se oye, y tú sigues a lo tuyo.
  • Renuncia a la certeza absoluta. "Puede que sí, puede que no" es incómodo y es la salida. La seguridad total no existe para nadie.
  • No dejes de hacer cosas. Si evitas los cuchillos, el andén o quedarte a solas con el niño, le estás diciendo a tu cerebro que el peligro era real.

Cuando ya es algo más

Si los pensamientos te ocupan más de una hora al día, si has montado rituales o comprobaciones para calmarte, o si has ido recortando tu vida para no provocarlos, hablamos de un problema obsesivo. Tiene un tratamiento psicológico muy bien estudiado, la exposición con prevención de respuesta, que consiste en acercarte poco a poco a lo que temes sin hacer el ritual.

Lo peor de este problema es la vergüenza: hay gente que tarda años en contarlo por miedo a que la tomen por peligrosa. Cualquier psicólogo que trabaje con obsesiones ha oído estos contenidos muchas veces y sabe distinguirlos perfectamente de una intención real.

Una aclaración importante. Este artículo habla de pensamientos que no deseas y que te angustian. Si lo que tienes son ganas reales de hacerte daño o de dejar de vivir, eso es otra cosa y merece atención ya: llama al 024 (línea de atención a la conducta suicida, gratuita y 24 horas) o al 112.


¿Un pensamiento te tiene atrapado?

Las obsesiones se trabajan, y cuanto antes mejor. Cuéntame qué te pasa en el cuestionario, con la tranquilidad de que no me vas a contar nada que no haya oído antes.

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