Redes sociales en momentos de catástrofe: por qué a veces hacen más daño que bien
Cuando ocurre un incendio, un terremoto o cualquier otra catástrofe, el primer impulso de muchos es el mismo: coger el móvil. Buscamos información, buscamos noticias de nuestra gente, buscamos entender qué está pasando. Es una reacción humana y comprensible. El problema es que las redes sociales, tal y como están diseñadas, no siempre responden bien a esa necesidad. A veces la alimentan de una forma que nos hace más daño que bien.
La avalancha de información no es información
En una emergencia, las redes se llenan de contenido en cuestión de minutos: vídeos reales, vídeos de otros sucesos hechos pasar por el actual, cifras que cambian cada hora, rumores sin confirmar, opiniones disfrazadas de datos. A este fenómeno se le llama infodemia: un exceso de información, verdadera y falsa mezclada, que circula tan rápido que resulta imposible de digerir con calma.
El problema no es solo que parte de esa información sea falsa. Es que incluso la información verdadera, consumida sin filtro y sin pausa, desborda nuestra capacidad de procesarla. El cerebro humano no está diseñado para asimilar sufrimiento ajeno en bucle infinito.
Qué le hace esto a nuestro cuerpo y a nuestra mente
Cuando vemos contenido angustiante de forma repetida, nuestro sistema de alerta (el mismo que se activa ante un peligro real e inmediato) se dispara una y otra vez, aunque estemos físicamente a salvo en nuestro sofá. El cuerpo no distingue bien entre "esto le está pasando a otra persona a 300 kilómetros" y "esto me está pasando a mí ahora": reacciona con la misma tensión, el mismo pulso acelerado, la misma dificultad para pensar con claridad.
Mantenida en el tiempo, esta activación constante puede traducirse en ansiedad, insomnio, irritabilidad y una sensación de agotamiento que no se explica por nada concreto que hayamos hecho, solo por haber estado expuestos a demasiado, durante demasiado tiempo. A este hábito de consumir compulsivamente malas noticias se le conoce como doomscrolling, y es especialmente intenso en catástrofes, porque la incertidumbre ("¿le habrá pasado algo a alguien que conozco?") nos mantiene enganchados a la pantalla buscando una tranquilidad que el propio scroll no puede darnos.
El daño añadido de la desinformación
En cada catástrofe reciente se ha repetido el mismo patrón: imágenes de otros incendios de otros años, vídeos manipulados, cifras de víctimas infladas o minimizadas según quién las comparta, cadenas de mensajes con consejos de seguridad incorrectos. La rapidez con la que esto circula tiene un efecto muy concreto: siembra desconfianza en el momento en que más falta hace la información fiable, y puede llevar a que alguien tome decisiones equivocadas basándose en algo que nunca fue cierto.
Quiénes están más expuestos
No todo el mundo vive este impacto igual. Las personas directamente afectadas, quienes tienen familiares en la zona, o quienes ya arrastran ansiedad previa, son especialmente vulnerables a que las redes agraven su malestar en lugar de ayudarles a gestionarlo. También los más jóvenes, para quienes desconectar del móvil en momentos de crisis resulta especialmente difícil.
Qué podemos hacer, en concreto
- Elige dos o tres fuentes oficiales (protección civil, medios acreditados, organismos públicos) y limita el resto.
- Fija horarios de consulta, en lugar de refrescar la pantalla de forma constante.
- Antes de compartir algo, comprueba si tiene fecha, fuente y contexto. Sin esos tres datos, es sospechoso.
- Nota cómo te sientes mientras consumes contenido. Si el pecho se tensa o te cuesta pensar en otra cosa, es momento de parar.
- Prioriza el contacto humano directo. Una llamada a quien te preocupa da más calma real que otro vídeo más.
Una idea de fondo
Desde un enfoque como el que trabajamos en Sanpsiko (terapias de tercera generación, como la Terapia de Aceptación y Compromiso), la clave no está en "no sentir" ante estas noticias —la preocupación es señal de que nos importa el mundo— sino en no dejar que el hábito de consumo constante nos arrastre lejos de lo que sí podemos controlar: cómo nos cuidamos hoy, a quién llamamos, qué hacemos con las próximas horas.
Estar informado es importante. Estar bien, también. Las dos cosas pueden convivir si eliges con criterio dónde pones tu atención.
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